Todo el mundo en Zpnabur conocía a Kglong, “el
escapista”. Era capaz de salir de cualquier sitio, por imposible que pareciera.
Una vez le lanzaron dentro de una caja de acero oxidado al mar y cuando la
agitada muchedumbre pensaba que ya había perecido, ahogado, vieron unas
diminutas burbujas emerger junto al punto fatídico. Tras ellas, la sonrisa
triunfal del hombre que podía evadirse de cualquier lugar.
En otra ocasión, le internaron en el Complejo de Superlativa Seguridad de Hfran. Tras siete muros de hormigón armado, puertas de acero forjado de 15 centímetros, cerraduras de movimiento y candados como manzanas, dejaron sentado a Kglong en una litera de la celda 473 del primer piso.
Tras 43 minutos de chanzas por parte de los funcionarios del Complejo de Superlativa Seguridad sobre la osadía del “iluso prestidigitador del tres al cuarto”, escucharon el estridente chirrío de la puerta principal, y al girarse para ver qué lo causaba, observaron cómo el legendario “Kglong, el escapista”, triunfaba una vez más.
Su modestia iba decreciendo conforme salía de los más peligrosos lugares. Prepotente y arrogante, emergía de sus confinamientos y exhortaba a todo el mundo a que consiguiera retos más difíciles, puesto que era capaz de salir de cualquier lugar. Su audacia llegó a tal punto que incluso se atrevió a entrar en el laberinto del Templo de del dios Qnurk, temido por sus peligros y envidiado por los tesoros que en él se contenían. Aunque muchos se habían internado en él, puesto que sus puertas siempre permanecían abiertas, ninguno había regresado con vida de aquel lugar. Se decía que a la multitud de trampas esparcidas por los suelos y paredes, había que añadir la gran magnitud del lugar, junto con el difícil intrincado de pasillos y corredores. Incluso algunos aseguraban que una extraña raza de pequeños guerreros defendía el lugar de los intrusos.
Una mañana, armado de un pequeño odre de agua y una alforja equipada con un pedazo de pan, queso y una soga, entró en el laberinto del Templo del dios Qnurk. La expectación que suscitó fue increíble. Todos los informadores de Zpnabur se encontraban en el lugar. Los alrededores del laberinto estaban atestados de amigos, familiares y curiosos, que querían conocer de primera mano los hechos. Las horas de espera a la puerta del laberinto fueron interminables. Muchos de los asistentes se habían desanimado y pensaban ya que el pobre Kglong no saldría de allí jamás. Un gran número de personas se había ido ya a sus casas y comentaban en el vecindario la "última" gran actuación de “Kglong, el escapista”, aquella de la que no pudo volver.
En la mañana del segundo día, con algunas magulladuras, sucio, embarrado y un poco trastabillado por el cansancio, apareció la silueta del personaje más famoso de todo Zpnabur. En su mano traía el mítico anillo del dios Qnurk, el que fue forjado por el Dios Todopoderoso como regalo de amistad.
Enojado por tamaña arrogancia, Qnurk decidió darle un soberano escarmiento a aquel hombre que había retado a los mismísimos dioses.
Desde tiempos inmemoriales, en Zpnabur, se había oído hablar del laberinto de Nagarag. Mezcla de mito y realidad, se alzaba en la identidad popular como el lugar de donde nada regresaba, donde todo permanecía perdido. Unos decían que era un enorme entramado de pasillos, largos, sinuosos y con tal cantidad de encrucijadas, que muchos de los arquitectos encargados de su construcción perecieron en él. Para otros no era más que un infinito desierto, donde ni siquiera el sol era un punto de referencia, puesto que siempre aparecía gobernando el firmamento desde su cenit. Tal suposiciones sobre el mito eran muchas, aunque todas coincidían en que al entrar en él, la muerte en busca de una salida era segura.
El vigésimo octavo día tras su triunfal salida del Templo del dios Qnurk, Kglong se levantó con un extraño zumbido en la cabeza. Oía voces extrañas, ecos lejanos que no lograba entender. No lograba concentrarse en las acciones cotidianas y el mero hecho de lavarse la cara le tomó más de veinte minutos. La pesadez en los procesos mentales se fue incrementando hasta que a las doce del mediodía quedó sumido en un profundo sueño. Su mente y su cuerpo se habían desconectado por completo. Algo que para los doctores que le atendieron era un extraño caso de coma, quizá irreversible, causado por el terrible esfuerzo mental al que se había sometido en las últimas jornadas.
En el interior de su cabeza, Kglong escuchaba una voz un tanto apagada y seca. Una voz que venía de más allá de la oscuridad, la cual se extendía en todas direcciones, infinita, como un universo sin estrellas.
- “Tú eres Kglong, ¿verdad? Kglong el escapista, el único que se ha atrevido a
robar en el Templo del dios Qnurk.”
- “Ese soy yo,” respondió con su inquebrantable prepotencia. “¿Quién eres tú?”
- “Yo soy Qnurk, aquel a quien tú robaste, aquel a quien intentaste desprestigiar, aquel que se encargará de que pagues amargamente por ello. Pero no te enojes, no voy a matarte así como así. Quedé muy impresionado por la forma en que me robaste en el templo, y he decidido premiarte con una muerte digna. Ahora te encuentras en Nagarag, mi pequeña morada. No temas, aquí no hay trampas, ni palancas que liberen serpientes, ni paredes que te corten el paso, ni empinadas rampas que te dificulten el avance. Aquí ni siquiera existe el tiempo. Esta es mi mejor creación y tu vas a tener el honor de morir en ella.”
Kglong frunció un poco el ceño intentando entender lo que le estaba ocurriendo, buscar si en realidad sucedía o era un maléfico sueño causado por el sobreesfuerzo de los últimos días. No tardó en comprender la realidad y sus manos temblaban mientras la mandíbula inferior quedaba un poco descolgada por la flacidez a la que había llegado.
-“¿Tienes miedo, Kglong?”- volvió a resonar la lejana voz. “Si eres tan bueno como dices, no deberías tenerlo. Esto no es una celda, que no tenga salida. Te recuerdo que es un laberinto y en los laberintos siempre hay una salida. No soy tan vengativo como parezco”.
La voz hacía rato que dejó de resonar en el insondable laberinto cuando Kglong empezó a tener conciencia de dónde estaba. En su derredor se extendía una infinitud de negrura, como si en lo más profundo del océano se encontrara, sobre él la misma oscura lejanía podía vislumbrarse. Lo que más le sobrecogió fue que a sus pies, no había tampoco materia sólida que se sujetara. Simplemente se sostenía firmemente en el vacío.
Durante largo tiempo anduvo en todas las direcciones, o al menos eso a él le parecía. Los nervios no le dejaban mantener una dirección por mucho tiempo, ya que la intuición le decía que por allí no se llegaba a ninguna parte. Cada vez se desanimaba más puesto aunque había avanzado un largísimo espacio, no veía cambio alguno en su situación. Su percepción del tiempo le decía que habían pasado ya más de dos días, pero no sentía cansancio, ni hambre ni sueño. No sentía nada, sólo una increíble soledad silenciosa. Fue entonces cuando se paró para buscar la salida, recordando las palabras de Qnurk.
Existía una salida, era un laberinto, claro. Pero no había dimensiones espaciales. Ni siquiera temporales. No debía buscar una puerta, ni nada que se le pareciera. Decidió ir hacia atrás en el tiempo para recorrer otra vez todos los laberintos por los que había pasado. Quizá así se le apareciera alguna pista de cómo salir de este.
Se acordó de la primera vez que su padre le encerró en la carbonera y de cómo con la ayuda de un alambre, hizo girar el pomo que le permitió volver a jugar al fútbol con sus amigos aquella tarde. También recordó cómo sus queridísimos compañeros de clase le encerraron en el cuarto de contadores, y la forma en que desatornilló los bornes de la puerta para salir dos horas después de que todo el mundo se había ido ya a casa.
El recuerdo de aquellos días le resultaba tremendamente placentero y decidió seguir recordando. Recordaba las partidas de canicas con su gran amigo Pablo y cómo siempre terminaban enfadados reprochándose mutuamente interminables cadenas de trampas, todas ellas ciertas. Recordaba las tardes de lluvia en su casa, las carreras de gotas en el cristal y los peatones saltando sobre los charcos con el paso acelerado. Recordaba el aroma del chocolate recién hecho el día de reyes, y el suculento
sabor de los picatostes mojados en él. Recordaba el suave olor de las sábanas recién cambiadas y la dulzura con la que aquella noche conciliaba el sueño. Recordaba los nervios de los exámenes de septiembre y la sensación de tremendo alivio cuando los dejaba encima de la mesa. Recordaba una innumerable cantidad de pinceladas que habían decorado su vida, que había perdido en algún sitio de su mente. Recordaba y eso le hacía muy feliz.
Vio con meridiana claridad que quería permanecer más tiempo en aquel sitio, fantástico sitio que le había permitido poder volver a experimentar cosas ya olvidadas. Ya no le importaba el silencio, ahora todo estaba inundado por las canciones que cantaban durante el trayecto al zoo con el colegio. Tampoco le importaba la negrura de su confinamiento, coloreada ahora por los enormes ramilletes de amapolas que cogía para su madre en los paseos dominicales por el campo con sus padres.
De repente, la oscuridad se fue transformando en luz, y el silencio en ecos lejanos de diálogos de
personas. Mientras que la voz seca y apagada se le presentaba por última vez.
-“Cuando en un laberinto dejas de buscar la salida y decides disfrutar de él, este deja de ser un laberinto. Buena suerte”.
Los ojos de Kglong, tardaron en acostumbrarse a la claridad que entraba por la ventana del hospital. Notó cómo estaba sentado en lo que parecía ser una silla de ruedas, en una sala con otra decena de personas. Cuando miró hacia abajo, vio que de las mangas de su chaqueta salían unas arrugadas y huesudas manos, llenas de manchitas marrones. Con un increíble esfuerzo se tocó la cara y adivinó que mucho tiempo había pasado desde la última vez que se la palpó. Pero eso no le importaba demasiado,volvía a estar en casa y esta vez el tesoro que traía consigo era mucho más valioso que todos los anteriores juntos, y esto le hizo sonreír.