viernes, 25 de marzo de 2022

El presidio

El general Evaristo Trujillo había llegado a lo más alto de su carrera con tan solo 46 años. Atrás quedaban las interminables noches de guardia en las trincheras y los fríos días en que debía hacer peligrosas incursiones en las líneas enemigas para dar un balance de las tropas que atacarían durante la siguiente jornada. Ahora habían ganado la guerra y estaba al cargo del puesto de mayor responsabilidad de todo el ejército. Él era el encargado de la sala cero, dentro del Complejo de Superlativa Seguridad para Subversivos Políticos de El Guacal. Su misión era vigilar al grupo más peligroso de todos los subversivos políticos que querían acabar con el glorioso gobierno del Comandante General Pedro Alexiano Santana. Aunque estos presos no habían luchado en la guerra civil, que casi había acabado con la nación, eran aún más peligrosos que cientos de ejércitos. Este grupo de “los siete” era el encargado de sublevar al pueblo con estúpidas ideas que venían de Europa. Este pensamiento subversivo se había propagado como una infección por todo el país en muy poco tiempo. Por ello, los militares se habían visto forzados a salir a las calles para imponer el orden y el respeto por las instituciones establecidas. Ahora, Evaristo Trujillo, miraba desde su puesto a los siete convictos y se sentía henchido de orgullo. “Los siete” estaban confinados en una pequeña habitación rodeada de sólidos barrotes por todas partes y que como único mobiliario tenía una pila para el agua y un triste y maloliente retrete. No tenían mesas ni sillas, ni siquiera tenían camas, puesto que estos lujos les servirían para esconderse de la vista de su guardián y así urdir interminables planes contra el gobierno. Para dormir, tenían unas hamacas que colgaban de los barrotes a las 9 en punto de la noche y debían descolgar y doblar convenientemente a las 6 de la mañana. Esta celda había sido ideada por el mismo Evaristo Trujillo, entendiéndola como la forma más segura de mantener a los reclusos con la mayor seguridad. Este calabozo de barrotes era conocido como “la jaula” y estaba dentro de una habitación mucho más grande, de paredes de cemento armado y con una sola puerta al exterior, donde hacía guardia Evaristo Trujillo. Al principio, el general supervisaba la sala cero y la visitaba con cierta asiduidad para comprobar que todo funcionaba, como decía él, “como Dios manda”. Un día, vio a uno de los carceleros demasiado cerca de la jaula, y ante el temor de que fuera un colaborador de “los siete”, le mandó a otro puesto dentro del Complejo de Superlativa Seguridad y decidió asumir él mismo aquella importante responsabilidad. De esta forma, hizo traerse a la gran sala exterior un jergón y una mesa con una silla para, así, tener algo más de comodidad en la vigilancia. En las interminables noches de guardia y los fríos días en que tenía que custodiar a “los siete”, Evaristo Trujillo musitaba en cómo sería el mundo fuera, si habrían arreglado ya el adoquinado del parque del Alzamiento o si habría hecho alguna otra película su actor favorito, Carlos Gardel. Entre ensoñaciones, escuchaba de vez en cuando a los presos que comentaban diferentes hechos de sus vidas pasadas, contrastaban opiniones y hasta algunas veces tenían la desfachatez de hacerse bromas. ¡Incluso llegó a oír, en algunos momentos, que reían! Evaristo Trujillo, estaba seguro de que ese comportamiento se debía a la locura, ya que habían estado en esa celda por más de diez años ya. Evaristo, a sabiendas de su peligrosidad, se había negado a que su condena fuera revisada y, ya que él era el único que tenía la potestad de su custodia, estaba decidido a que se cumpliera la sentencia del juez: cadena perpetua. Los años fueron pasando y el nombre del grupo tuvo que ir cambiando, conforme iban pereciendo miembros. Finalmente, a los cuarenta y cinco años, seis meses y tres días del inicio de la condena, el último integrante con vida de “los siete”, escuálido y viejo, agonizaba en su litera. Tanto él como Evaristo Trujillo sabían que su fin llegaría pronto y ambos habían tenído una extraña sensación en la boca del estómago durante los últimos días. Entonces, el convicto levantó la mano para llamar la atención de Evaristo. El general quedó petrificado ante la sola idea de que el preso le necesitara o que incluso quisiera intercambiar unas palabras con él. Aterrado quedó cuando pasó por su cabeza que quisiera una última voluntad. Todavía no se había levantado de su rudimentaria silla, cuando una borágine de pensamientos se agolpaban en su cabeza como un torbellino. ¿Qué le pediría? ¿Quérría que hablara con algún familiar? ¿Acaso querría arrepentirse? ¿Debería concederle la última voluntad, como un buen cristiano o sería mejor no hacerlo, para así darle su último castigo en vida? Evaristo Trujillo, se armó de un valor que no tenía y se acercó al reo, para al menos saber qué era lo que quería. Se dijo a sí mismo que le escucharía y siempre tendría tiempo para pensar si le concedía su última petición o no. La cabeza del prisionero estaba cerca de los barrotes de “la jaula” pero aún así, Evaristo tuvo que acercar mucho la suya para poder escuchar las lastimeras palabras que salían de la boca del moribundo. El general se aferraba fuertemente a los barrotes y presionaba su cara contra ellos, en un inútil intento de meter la cabeza dentro de la celda y así poder escuchar lo que aquél hombre, su eterno enemigo, le decía. Evaristo no entendía los balbuceos del convicto y cuando estaba a punto de separarse de “la jaula” y dejarle morir a su suerte, el prisionero tomó una última bocanada de aire y con las últimas fuerzas, que le vendrían desde lo más profundo de su ser, acertó a decir: “Camarada, te doy la libertad”.

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