domingo, 10 de julio de 2016

Eco



Nazario Herráinz escuchó con calmada complacencia las seguidillas y soleares con las que la ya gastada voz de su vecina Rosita acompañaba sus tareas cotidianas. Dejó su garlopa en el banco de trabajo y por un momento volvió a ser niño, volvió a tomar pan con mantequilla y azúcar mientras su madre remendaba calcetines a la puerta de casa. Por un breve instante había vuelto a su dorada juventud, a las canicas y la lima. Había vuelto a los pantalones cortos y las rodillas desolladas, a los tirachinas y los temerarios robos de higos en el huerto del señor Zacarías. 

Una escueta sonrisa dejó entrever sus amarillentos dientes, que tantos cigarrillos habían sujetado, mientras Nazario moldeaba la madera. Cogió nuevamente la garlopa y se tendió sobre el tablón. Le encantaba el sonido característico del cepillo pasando con ímpetu hostil por la sólida madera, era un rasgueo hueco y monótono que se llevaba a otros mundos para encontrarse consigo mismo.

Jamás hubiera imaginado que ese día sería el último en que escucharía a su vecina Rosita o el roce de la garlopa con la madera. Jamás hubiera imaginado que el pequeño Jorge Sainz estrenaría su bicicleta nueva ese mismo día por el Paseo Imperial. Ni que la señora de Menéndez atajaría por el Paseo Imperial para llegar al hospital, donde había nacido su primera nieta, antes del fin de la hora de visita. Jamás hubiera imaginado que el segundo semáforo del Paseo Imperial llevara estropeado más de dos semanas y no se arreglase por diferentes problemas burocráticos. De hecho, ni si quiera le apetecía pasear, menos aún por el siempre atestado Paseo Imperial.

Cuando recobró el conocimiento estaba en una habitación blanca, tumbado en una cama blanca, junto a la cual se encontraba una blanca mesilla con una blanca jarra. La puerta del cuarto estaba abierta y por ella pudo ver a un hombre con una bata blanca, empujando una blanca camilla. Cerró los ojos.
Cuando los volvió a abrir vio a una mujer huesuda con la cara picada de viruela que le sujetaba la muñeca mientras miraba su reloj. Pasados unos segundos, se dio la vuelta y tras apuntar algo en una carpeta, se fue. Nazario Herráinz intentó hablar, preguntar dónde se encontraba, aunque ya creía adivinarlo, saber qué había pasado, pero no pudo articular palabra. No podía mover la mandíbula. Intentó entonces levantar un brazo para hacerle una señal a aquella delgada señora, pero fue imposible. Intentó después comenzar por algo más sencillo, un dedo. Hizo un grandísimo esfuerzo, tanto físico como mental, por levantarlo, pero una vez más toda su voluntad fue inútil. No cabía la menor duda, no se podía mover. Un tremendo pavor le inundó el cuerpo y extenuado cerro los ojos.
Cuando abrió de nuevo los ojos, le pareció que todo estaba más calmado que antes, incluso él sentía una inestable paz en su interior. Por un momento había olvidado quién era y porqué estaba allí, pero pronto volvió al mundo real y fue consciente de su invariable situación. No podía moverse. Se preguntó a si mismo si estaba inválido, si había perdido la comunicación con sus miembros,  una y otra vez intentaba mover las manos, los dedos, los pies, pero todo esfuerzo era inútil. Su mente no dejaba de hacer esfuerzos por moverse, pero su cuerpo no escuchaba. Intentó, en un titánico esfuerzo, abrir la boca, gritar, expresar toda la rabia que llevaba dentro, pero no lo consiguió y esa fue la gota que colmó el vaso. Se vio el resto de su vida postrado en una cama blanca, junto a una mesilla de noche blanca y atendido por hombres y mujeres envueltos en blancas batas. Toda su  futuro pasó por sus ojos y fue tremendamente desgarrador lo que vio. Abatido, cerró los ojos.

Un pequeño cosquilleo le despertó. Por algún descuido de las enfermeras, había quedado su pie derecho fuera de la sábana y justo en lo más alto de su dedo pulgar había una mosca. Tenía el respaldo de la cama un poco elevado y podía ver con claridad que ese insecto estaba jugueteando con sus dedos y no sólo eso, también podía sentirlo. Percibía ese leve cosquilleo que las pequeñas patas del animal le producían. Normalmente sería algo molesto, pero a Nazario Herráinz le producía una enorme alegría. Podía apreciar otras muchas cosas, se concentró y notó los puntos de su cuerpo en que la sábana le rozaba. Le rozaba en el pie izquierdo, las rodillas, el estómago y el pecho. Su futuro no era tan aciago. Aunque nunca fue muy bueno en anatomía, recordó que el cuerpo se comunicaba interiormente por medio de impulsos nerviosos. Eran esos impulsos los que estaban mandando la información a su cerebro del cosquilleo de las patas de la mosca, del roce de la sábana, incluso de la sensación de calor que pesaba en el ambiente. Su sistema nervioso parecía intacto, pero lo que no entendía era porqué no se podía mover. Imaginó que sería algún problema físico y que con los avances tan importantes que había experimentado la medicina en los últimos 20 años, su incapacidad se solucionaría con una simple operación. Lleno de paz y esperanza, cerró los ojos.

Cuando los volvió a abrir notó una suave y fresca sensación en la cara. Vio a la misma mujer de cara alargada y huesuda que le había estado cogiendo de la muñeca. Con gran delicadeza pasaba la brocha embadurnada en espuma por su cara. Hacía círculos muy pequeños y veloces, como si del mejor barbero de la ciudad se tratara. Nazario Herráinz estaba contento, sentía la humedad de la brocha y la tibieza de la mano que le sujetaba la cabeza. La enfermera cogió la cuchilla con una mano y con la otra le estiró la piel del cuello. Nazario Herráinz sintió el helado filo de la cuchilla y la leve resistencia que su barba ejercía, pero había algo extraño. No oía el rasgueo de la cuchilla con su pelo, sabía de su poblada barba y recordaba cómo siempre que se afeitaba le encantaba ese sonido de lucha entre la cuchilla y su vello, pero ahora era incapaz de escucharlo. Todavía extrañado por el descubrimiento, Nazario Herráinz vio que la enfermera abría y cerraba la boca con gran asiduidad. Le estaba hablando, pero él era incapaz de oír. Al igual que su cuerpo no escuchaba sus órdenes, él no podía percibir ningún ruido. Estaba sordo. Sordo e inmóvil. Cerró los ojos.

Un gran estruendo le despertó. Sintió perfectamente cómo se había caído la jarra blanca que estaba junto a él. Desde su posición apenas podía verla, pero por el rabillo del ojo podía sentir su figura, erguida sobre la mesilla de noche, como siempre había estado.  Pensó que había sido un sueño, algo que había ocurrido dentro de su cabeza mientras soñaba. Entonces, escuchó una voz de mujer maldecir y quejarse de lo mucho que tenía que trabajar en su turno. No vio a nadie en la habitación. Su mente le estaba jugando malas pasadas. Entró su enfermera a tomarle el pulso como hacía cada mañana de los seis meses que llevaba en el hospital. Como siempre, le desarropó la mano derecha y le agarró suavemente de la muñeca, mientras miraba fijamente su reloj. Cuando terminó, le volvió a arropar y mientras se giraba, golpeó con el brazo, fortuitamente, la jarra blanca que se encontraba erguida sobre la blanca mesilla de noche. Vio como esta se caía y recordó el estruendo que esta había provocado en su mente tan sólo unos minutos atrás y cómo ella se lamentaba. Tras esto, escucho, con total nitidez el chirrido de unas ruedas y una distendida conversación entre un muchacho joven y una mujer mayor. Al cabo de unos minutos, vio cómo pasaba por delante de su puerta un enfermero empujando a una anciana en su silla de ruedas. Ambos sonreían y movían alegremente la boca y los brazos. Ya estaba seguro. Había recobrado su sentido del oído, pero había un desfase temporal. Lo que él escuchaba no pertenecía al presente, sino al futuro. Entre lo que él podía oír y el momento  en que debía ocurrir solían pasar varios minutos. No sabía a que se debía pero lo aceptó como un regalo. Su mundo ya no era silencioso. El mundo tenía algo que contarle y él podía escucharlo. Tardó cierto tiempo en acostumbrarse. Al principio le costaba y cuando veía las situaciones, sus sonidos se representaban como ecos en el tiempo, pero poco a poco le pareció algo normal. Oía a Carmen darle los buenos días y se preparaba, puesto que sabía que en pocos minutos entraría ella con su bata blanca y su delgada cara a tomarle el pulso. Oía una conversación sobre fútbol y hacía sus cábalas para adivinar la edad de los interlocutores, su apariencia física, incluso si tenían alguna incapacidad. Oía el eco de unos zuecos acercarse, y por el sonido, podía saber de qué enfermera se trataba. 

Una noche Nazario Herráinz estaba entretenido escuchando la conversación de las enfermeras de guardia. Estaban comentando la inminente boda de la hija del Primer Ministro de la República con un reputado abogado de la capital. La boda sería el siguiente fin de semana y todo el mundo hablaba de ella, del número y la importancia de los comensales, de la basílica en la que se celebraría la homilía, hasta del menú del banquete hablaban. Entonces, Nazario Herráinz escuchó un insistente pitido tras su cabeza. El sonido era muy agudo y se le clavaba en los oídos. También escuchó el galopar de zuecos hacia su habitación y la confusión de voces de las dos enfermeras. El bullicio que montaban era ensordecedor y no alcanzaba a entender nada de lo que decían. Tras esto, no oyó nada más. Aunque primeramente se había puesto bastante nervioso por la situación de alarma que había escuchado, con el silencio comprendió todo  y cerró los ojos.

(En el parte de aquella noche se certificó la defunción de D. Nazario Herráinz de muerte natural.)

2004

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