jueves, 14 de julio de 2016

El don



Todavía no se había habituado completamente a ello, pero era totalmente consciente de que habitaba su cuerpo, se hospedaba hasta en lo más profundo de sus entrañas, podía sentirlo. Hizo una mueca con la comisura de los labios y levantando las solapas de la chaqueta, echó a andar.
La primera vez que tuvo esa sensación fue una fría tarde de mayo, dos años antes. El recuerdo, aunque vago, estaba aun grabado en su retina. La Calle Preciados bullía con su usual trajín, todo el mundo deambulaba en pos de una buena compra o para formar parte de la marea humana simulando un trompicado paseo. En un parque aledaño al hotel donde Marco Aguirre trabajaba, en la Plaza del Carmen, la vida se serenaba y pasaba a muchas menos revoluciones que a tan sólo cien metros de allí. Marco Aguirre, recostado en un banco, esperaba a que llegara su hora de entrada, mientras leía  “El Príncipe”, un libro que había encontrado por casualidad en casa.

De vez en cuando, levantaba la cabeza para echar un rápido vistazo a las impasibles manillas del reloj o para escrutar levemente los peatones que iban y venían. Uno de ellos le llamó la atención. Por la vestimenta, podía adivinarse que era un triunfador, un hombre hecho a sí mismo, un hombre que había librado muchas batallas en la vida y, con seguridad, todas las había ganado. Calzaba unos muy lustrados zapatos italianos que conjuntaban casi a la perfección con un suave traje gris a rayas. Coronaba su cabeza una canosa y abundante mata de pelo. Pero lo extraño no estaba en su vestimenta, sino en su rostro. Parecía la imagen misma de la desidia, su paso lastimero y arrastrado le había dejado huella en las suelas de los zapatos y los brazos colgaban inertes de las amplias hombreras. Parecía como si una insondable tristeza estuviera encarcelada entre los barrotes  de su vestidura.

Entonces fue cuando se le acercó y tocándole dijo:
-“Toma, yo ya no lo quiero. Lo siento”.
Al principio le tomó por otro loco más que pulula por Madrid, alguien a quien el dinero había corrompido, no sólo el alma, sino también el cerebro.
Poco a poco empezó a sentir algo desagradable en la boca del estómago que se iba extendiendo por todo su ser. Le daba la impresión de que la gente cada vez hablaba más alto y esto incrementaba su molestia. No tardó mucho en observar que la mayoría de ellos caminaba con paso firme y decidido en solitario, pero las voces crecían y crecían en su tímpano.

Se dio cuenta de que lo que oía no era lo que decían, sino lo que callaban. Podía escuchar con claridad los pensamientos de la gente que junto a él pasaba y eso le asustó al  principio. Quedó maravillado por su asombrosa capacidad y rápidamente lo relacionó con el desgarbado hombre del traje. Tras esto, recordó sus palabras y comenzó a atar cabos. Le habían legado ese don, algo tan valioso como poder leer el pensamiento de la gente, en la calle. Y lo que es más, lo habían hecho porque su antiguo dueño ya no lo necesitaba. Pero, ¿por qué esa coletilla al final de la frase?, ¿Por qué ese “lo siento”?.
No le dio mucha importancia y todavía asombrado de lo que oía, salió a descubrir los infinitos mundos interiores de Madrid.

Casi sin darse cuenta, había utilizado aquél regalo para ascender en su trabajo y ahora tras una serie de acertadas inversiones y reinversiones  era el propietario del hotel donde antes trabajaba.
Todo le sonreía en la vida, conducía coches que antes sólo miraba tras los escaparates, asistía a fiestas donde se codeaba con lo más selecto de Madrid, y socialmente era un ejemplo a imitar. Siempre tenía la palabra adecuada para el momento oportuno, la gente quedaba encantada cuando veía que se adelantaba a sus deseos y todos le rendían un profundo respeto. Había triunfado en la vida.
Una noche, tras una de esas fiestas, caminaba con las solapas de su chaqueta levantadas por la solitaria ciudad. Iba  hacia su coche cuando se encontró con un hombre de constitución fuerte, nariz chata y un tanto desaliñado, que le cortaba el camino. No dijeron palabra, únicamente se miraron a los ojos un par de segundos. El silencio se escuchaba nítidamente en toda la manzana. Ninguno de los dos se movía.
Marco Aguirre asintió y dijo:
-“¿Por qué yo?”.
El individuo encogiéndose de hombros respondió:
-“Mala suerte”-, y sonrió.

La mañana siguiente, todos los periódicos mostraban en primera plana la foto de Marco Aguirre. En amplios titulares podía leerse que el asesino de la baraja había actuado por sexta vez.

2003

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