Todavía no se había habituado completamente a ello, pero era
totalmente consciente de que habitaba su cuerpo, se hospedaba hasta en lo más
profundo de sus entrañas, podía sentirlo. Hizo una mueca con la comisura de los
labios y levantando las solapas de la chaqueta, echó a andar.
La primera vez que tuvo esa sensación fue una fría tarde de
mayo, dos años antes. El recuerdo, aunque vago, estaba aun grabado en su
retina. La Calle Preciados bullía con su usual trajín, todo el mundo deambulaba
en pos de una buena compra o para formar parte de la marea humana simulando un
trompicado paseo. En un parque aledaño al hotel donde Marco Aguirre trabajaba,
en la Plaza del Carmen, la vida se serenaba y pasaba a muchas menos
revoluciones que a tan sólo cien metros de allí. Marco Aguirre, recostado en un
banco, esperaba a que llegara su hora de entrada, mientras leía “El Príncipe”, un libro que había encontrado
por casualidad en casa.
De vez en cuando, levantaba la cabeza para echar un rápido
vistazo a las impasibles manillas del reloj o para escrutar levemente los
peatones que iban y venían. Uno de ellos le llamó la atención. Por la
vestimenta, podía adivinarse que era un triunfador, un hombre hecho a sí mismo,
un hombre que había librado muchas batallas en la vida y, con seguridad, todas
las había ganado. Calzaba unos muy lustrados zapatos italianos que conjuntaban
casi a la perfección con un suave traje gris a rayas. Coronaba su cabeza una
canosa y abundante mata de pelo. Pero lo extraño no estaba en su vestimenta, sino
en su rostro. Parecía la imagen misma de la desidia, su paso lastimero y
arrastrado le había dejado huella en las suelas de los zapatos y los brazos
colgaban inertes de las amplias hombreras. Parecía como si una insondable
tristeza estuviera encarcelada entre los barrotes de su vestidura.
Entonces fue cuando se le acercó y tocándole dijo:
-“Toma, yo ya no lo quiero. Lo siento”.
Al principio le tomó por otro loco más que pulula por
Madrid, alguien a quien el dinero había corrompido, no sólo el alma, sino
también el cerebro.
Poco a poco empezó a sentir algo desagradable en la boca del
estómago que se iba extendiendo por todo su ser. Le daba la impresión de que la
gente cada vez hablaba más alto y esto incrementaba su molestia. No tardó mucho
en observar que la mayoría de ellos caminaba con paso firme y decidido en
solitario, pero las voces crecían y crecían en su tímpano.
Se dio cuenta de que lo que oía no era lo que decían, sino
lo que callaban. Podía escuchar con claridad los pensamientos de la gente que
junto a él pasaba y eso le asustó al
principio. Quedó maravillado por su asombrosa capacidad y rápidamente lo
relacionó con el desgarbado hombre del traje. Tras esto, recordó sus palabras y
comenzó a atar cabos. Le habían legado ese don, algo tan valioso como poder
leer el pensamiento de la gente, en la calle. Y lo que es más, lo habían hecho
porque su antiguo dueño ya no lo necesitaba. Pero, ¿por qué esa coletilla al
final de la frase?, ¿Por qué ese “lo siento”?.
No le dio mucha importancia y todavía asombrado de lo que
oía, salió a descubrir los infinitos mundos interiores de Madrid.
Casi sin darse cuenta, había utilizado aquél regalo para
ascender en su trabajo y ahora tras una serie de acertadas inversiones y
reinversiones era el propietario del
hotel donde antes trabajaba.
Todo le sonreía en la vida, conducía coches que antes sólo
miraba tras los escaparates, asistía a fiestas donde se codeaba con lo más
selecto de Madrid, y socialmente era un ejemplo a imitar. Siempre tenía la
palabra adecuada para el momento oportuno, la gente quedaba encantada cuando
veía que se adelantaba a sus deseos y todos le rendían un profundo respeto.
Había triunfado en la vida.
Una noche, tras una de esas fiestas, caminaba con las
solapas de su chaqueta levantadas por la solitaria ciudad. Iba hacia su coche cuando se encontró con un
hombre de constitución fuerte, nariz chata y un tanto desaliñado, que le
cortaba el camino. No dijeron palabra, únicamente se miraron a los ojos un par
de segundos. El silencio se escuchaba nítidamente en toda la manzana. Ninguno
de los dos se movía.
Marco Aguirre asintió y dijo:
-“¿Por qué yo?”.
El individuo encogiéndose de hombros respondió:
-“Mala suerte”-, y sonrió.
La mañana siguiente, todos los periódicos mostraban en
primera plana la foto de Marco Aguirre. En amplios titulares podía leerse que
el asesino de la baraja había actuado por sexta vez.
2003
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