Ante aquella visión sentía verdadero pavor. Quizá para
cualquier otro era un trozo de papel en blanco, pero para Gustav Bellow, no solo
era eso. Era el vacío, la nada, la no-existencia. Algo completamente fuera de toda
concepción mental. El papel se había diseñado para contener, para ser escrito,
ya fuera por neófitos estudiantes o por venerados maestros en el arte de la
narración. No importaba lo que en él se marcara: números, letras, dibujos, lo
que fuera. La única visión que le horrorizaba era la del papel en blanco y
ahora lo tenía ante sí.
Él era, por encima de todo, un escritor, un contador, como
aseveraba su maestro. Pero Gustav no podía escribir ya. Se le había secado el
alma de no usarla y esa es la única tinta que cala profundo en el papel.
Una y otra vez intentaba escribir, cuentos, historias de
miedo, fábulas. Hacía años había sido capaz de escribir incluso un par de
libros de dudosa calidad y ninguna reputación, pero ahora no era capaz de
concordar más de tres frases seguidas. Estaba horrorizado y eso le paralizaba
aún más.
Recordó entonces haber hablado hacía no mucho tiempo con un
extraño personaje, que aseguraba que nos encontrábamos coartados por ciertos
procesos mentales y que la única manera de ser nosotros mismos era mediante la
liberación del “yo” (o así recordaba que lo llamaba) ya sea por medio del
psicoanálisis o bajo los efectos de alguna sustancia “liberadora”.
Gustav Bellow decidió entonces entregarse a las teorías de
aquel excéntrico y cerró los ojos. Comenzó a tararear el réquiem de Mozart,
pieza que se sabía de memoria desde la infancia. En su cabeza aparecían todas
las notas de la orquesta filarmónica de Viena, así como las voces principales y
coros, tal y como lo recordaba de la última vez que asistió al Teatro Real, la
vigésimo-quinta.
Tras algunos movimientos y sin saberlo, agarró la pluma y
comenzó a garabatear al ritmo de la música. Algo que se asemejaba a los
movimientos del director con su batuta. Todo ello quedaba impreso en el papel
con una delgada línea negra. Tras ello, las palabras brotaban del oscuro
líquido, palabras inconexas, todas ellas ecos del libreto que su mente
recordaba. No tardaron en aparecer las frases, muchas y de todo tipo.
Declaraciones de amor, teorías matemáticas, listas de la compra, recordatorios
de navidad. Todo lo que había escrito en su vida volvía en un oscuro fluir
caótico. Una y otra vez dejaba las oraciones inacabadas para poder escribir
otras que le llegaban a la punta de los dedos con mucha más fuerza.
Cuando terminó el último movimiento, se sintió muy cansado,
exhausto, pero feliz. Al abrir los ojos su semblante palideció y su rostro
cambió totalmente de expresión. El papel ahora estaba completamente negro.
Había escrito primero de izquierda a derecha, de derecha a izquierda, de arriba
abajo, en círculos, de cualquier manera posible.
Rápidamente guardó el papel en un cajón con llave, donde no
lo pudiera ver nunca. No se atrevió a deshacerse de él, puesto que era todo lo
que había escrito en la vida, pero ante esta visión sentía aún más pavor. Era
un papel en negro.
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