Nazario Herráinz escuchó con
calmada complacencia las seguidillas y soleares con las que la ya gastada voz
de su vecina Rosita acompañaba sus tareas cotidianas. Dejó su garlopa en el
banco de trabajo y por un momento volvió a ser niño, volvió a tomar pan con
mantequilla y azúcar mientras su madre remendaba calcetines a la puerta de
casa. Por un breve instante había vuelto a su dorada juventud, a las canicas y
la lima. Había vuelto a los pantalones cortos y las rodillas desolladas, a los
tirachinas y los temerarios robos de higos en el huerto del señor Zacarías.
Una escueta sonrisa dejó entrever
sus amarillentos dientes, que tantos cigarrillos habían sujetado, mientras
Nazario moldeaba la madera. Cogió nuevamente la garlopa y se tendió sobre el
tablón. Le encantaba el sonido característico del cepillo pasando con ímpetu
hostil por la sólida madera, era un rasgueo hueco y monótono que se llevaba a
otros mundos para encontrarse consigo mismo.
Jamás hubiera imaginado que ese día
sería el último en que escucharía a su vecina Rosita o el roce de la garlopa
con la madera. Jamás hubiera imaginado que el pequeño Jorge Sainz estrenaría su
bicicleta nueva ese mismo día por el Paseo Imperial. Ni que la señora de
Menéndez atajaría por el Paseo Imperial para llegar al hospital, donde había
nacido su primera nieta, antes del fin de la hora de visita. Jamás hubiera
imaginado que el segundo semáforo del Paseo Imperial llevara estropeado más de
dos semanas y no se arreglase por diferentes problemas burocráticos. De hecho,
ni si quiera le apetecía pasear, menos aún por el siempre atestado Paseo
Imperial.
Cuando recobró el conocimiento
estaba en una habitación blanca, tumbado en una cama blanca, junto a la cual se
encontraba una blanca mesilla con una blanca jarra. La puerta del cuarto estaba
abierta y por ella pudo ver a un hombre con una bata blanca, empujando una
blanca camilla. Cerró los ojos.
Cuando los volvió a abrir vio a una
mujer huesuda con la cara picada de viruela que le sujetaba la muñeca mientras
miraba su reloj. Pasados unos segundos, se dio la vuelta y tras apuntar algo en
una carpeta, se fue. Nazario Herráinz intentó hablar, preguntar dónde se
encontraba, aunque ya creía adivinarlo, saber qué había pasado, pero no pudo
articular palabra. No podía mover la mandíbula. Intentó entonces levantar un
brazo para hacerle una señal a aquella delgada señora, pero fue imposible.
Intentó después comenzar por algo más sencillo, un dedo. Hizo un grandísimo
esfuerzo, tanto físico como mental, por levantarlo, pero una vez más toda su voluntad
fue inútil. No cabía la menor duda, no se podía mover. Un tremendo pavor le
inundó el cuerpo y extenuado cerro los ojos.
Cuando abrió de nuevo los ojos, le
pareció que todo estaba más calmado que antes, incluso él sentía una inestable
paz en su interior. Por un momento había olvidado quién era y porqué estaba
allí, pero pronto volvió al mundo real y fue consciente de su invariable
situación. No podía moverse. Se preguntó a si mismo si estaba inválido, si
había perdido la comunicación con sus miembros,
una y otra vez intentaba mover las manos, los dedos, los pies, pero todo
esfuerzo era inútil. Su mente no dejaba de hacer esfuerzos por moverse, pero su
cuerpo no escuchaba. Intentó, en un titánico esfuerzo, abrir la boca, gritar,
expresar toda la rabia que llevaba dentro, pero no lo consiguió y esa fue la
gota que colmó el vaso. Se vio el resto de su vida postrado en una cama blanca,
junto a una mesilla de noche blanca y atendido por hombres y mujeres envueltos
en blancas batas. Toda su futuro pasó
por sus ojos y fue tremendamente desgarrador lo que vio. Abatido, cerró los
ojos.
Un pequeño cosquilleo le despertó.
Por algún descuido de las enfermeras, había quedado su pie derecho fuera de la
sábana y justo en lo más alto de su dedo pulgar había una mosca. Tenía el
respaldo de la cama un poco elevado y podía ver con claridad que ese insecto
estaba jugueteando con sus dedos y no sólo eso, también podía sentirlo. Percibía
ese leve cosquilleo que las pequeñas patas del animal le producían. Normalmente
sería algo molesto, pero a Nazario Herráinz le producía una enorme alegría.
Podía apreciar otras muchas cosas, se concentró y notó los puntos de su cuerpo
en que la sábana le rozaba. Le rozaba en el pie izquierdo, las rodillas, el
estómago y el pecho. Su futuro no era tan aciago. Aunque nunca fue muy bueno en
anatomía, recordó que el cuerpo se comunicaba interiormente por medio de
impulsos nerviosos. Eran esos impulsos los que estaban mandando la información
a su cerebro del cosquilleo de las patas de la mosca, del roce de la sábana,
incluso de la sensación de calor que pesaba en el ambiente. Su sistema nervioso
parecía intacto, pero lo que no entendía era porqué no se podía mover. Imaginó
que sería algún problema físico y que con los avances tan importantes que había
experimentado la medicina en los últimos 20 años, su incapacidad se
solucionaría con una simple operación. Lleno de paz y esperanza, cerró los
ojos.
Cuando los volvió a abrir notó una
suave y fresca sensación en la cara. Vio a la misma mujer de cara alargada y
huesuda que le había estado cogiendo de la muñeca. Con gran delicadeza pasaba
la brocha embadurnada en espuma por su cara. Hacía círculos muy pequeños y
veloces, como si del mejor barbero de la ciudad se tratara. Nazario Herráinz
estaba contento, sentía la humedad de la brocha y la tibieza de la mano que le
sujetaba la cabeza. La enfermera cogió la cuchilla con una mano y con la otra
le estiró la piel del cuello. Nazario Herráinz sintió el helado filo de la
cuchilla y la leve resistencia que su barba ejercía, pero había algo extraño.
No oía el rasgueo de la cuchilla con su pelo, sabía de su poblada barba y
recordaba cómo siempre que se afeitaba le encantaba ese sonido de lucha entre
la cuchilla y su vello, pero ahora era incapaz de escucharlo. Todavía extrañado
por el descubrimiento, Nazario Herráinz vio que la enfermera abría y cerraba la
boca con gran asiduidad. Le estaba hablando, pero él era incapaz de oír. Al
igual que su cuerpo no escuchaba sus órdenes, él no podía percibir ningún
ruido. Estaba sordo. Sordo e inmóvil. Cerró los ojos.
Un gran estruendo le despertó.
Sintió perfectamente cómo se había caído la jarra blanca que estaba junto a él.
Desde su posición apenas podía verla, pero por el rabillo del ojo podía sentir
su figura, erguida sobre la mesilla de noche, como siempre había estado. Pensó que había sido un sueño, algo que había
ocurrido dentro de su cabeza mientras soñaba. Entonces, escuchó una voz de
mujer maldecir y quejarse de lo mucho que tenía que trabajar en su turno. No
vio a nadie en la habitación. Su mente le estaba jugando malas pasadas. Entró
su enfermera a tomarle el pulso como hacía cada mañana de los seis meses que
llevaba en el hospital. Como siempre, le desarropó la mano derecha y le agarró
suavemente de la muñeca, mientras miraba fijamente su reloj. Cuando terminó, le
volvió a arropar y mientras se giraba, golpeó con el brazo, fortuitamente, la
jarra blanca que se encontraba erguida sobre la blanca mesilla de noche. Vio
como esta se caía y recordó el estruendo que esta había provocado en su mente
tan sólo unos minutos atrás y cómo ella se lamentaba. Tras esto, escucho, con
total nitidez el chirrido de unas ruedas y una distendida conversación entre un
muchacho joven y una mujer mayor. Al cabo de unos minutos, vio cómo pasaba por
delante de su puerta un enfermero empujando a una anciana en su silla de
ruedas. Ambos sonreían y movían alegremente la boca y los brazos. Ya estaba
seguro. Había recobrado su sentido del oído, pero había un desfase temporal. Lo
que él escuchaba no pertenecía al presente, sino al futuro. Entre lo que él
podía oír y el momento en que debía
ocurrir solían pasar varios minutos. No sabía a que se debía pero lo aceptó
como un regalo. Su mundo ya no era silencioso. El mundo tenía algo que contarle
y él podía escucharlo. Tardó cierto tiempo en acostumbrarse. Al principio le
costaba y cuando veía las situaciones, sus sonidos se representaban como ecos
en el tiempo, pero poco a poco le pareció algo normal. Oía a Carmen darle los
buenos días y se preparaba, puesto que sabía que en pocos minutos entraría ella
con su bata blanca y su delgada cara a tomarle el pulso. Oía una conversación
sobre fútbol y hacía sus cábalas para adivinar la edad de los interlocutores,
su apariencia física, incluso si tenían alguna incapacidad. Oía el eco de unos
zuecos acercarse, y por el sonido, podía saber de qué enfermera se trataba.
Una noche Nazario Herráinz estaba
entretenido escuchando la conversación de las enfermeras de guardia. Estaban
comentando la inminente boda de la hija del Primer Ministro de la República con
un reputado abogado de la capital. La boda sería el siguiente fin de semana y
todo el mundo hablaba de ella, del número y la importancia de los comensales,
de la basílica en la que se celebraría la homilía, hasta del menú del banquete
hablaban. Entonces, Nazario Herráinz escuchó un insistente pitido tras su
cabeza. El sonido era muy agudo y se le clavaba en los oídos. También escuchó
el galopar de zuecos hacia su habitación y la confusión de voces de las dos
enfermeras. El bullicio que montaban era ensordecedor y no alcanzaba a entender
nada de lo que decían. Tras esto, no oyó nada más. Aunque primeramente se había
puesto bastante nervioso por la situación de alarma que había escuchado, con el
silencio comprendió todo y cerró los
ojos.
(En el parte de aquella noche se
certificó la defunción de D. Nazario Herráinz de muerte natural.)
2004