martes, 12 de junio de 2018

El pánico del escritor


Ante aquella visión sentía verdadero pavor. Quizá para cualquier otro era un trozo de papel en blanco, pero para Gustav Bellow, no solo era eso. Era el vacío, la nada, la no-existencia. Algo completamente fuera de toda concepción mental. El papel se había diseñado para contener, para ser escrito, ya fuera por neófitos estudiantes o por venerados maestros en el arte de la narración. No importaba lo que en él se marcara: números, letras, dibujos, lo que fuera. La única visión que le horrorizaba era la del papel en blanco y ahora lo tenía ante sí.

Él era, por encima de todo, un escritor, un contador, como aseveraba su maestro. Pero Gustav no podía escribir ya. Se le había secado el alma de no usarla y esa es la única tinta que cala profundo en el papel.

Una y otra vez intentaba escribir, cuentos, historias de miedo, fábulas. Hacía años había sido capaz de escribir incluso un par de libros de dudosa calidad y ninguna reputación, pero ahora no era capaz de concordar más de tres frases seguidas. Estaba horrorizado y eso le paralizaba aún más.

Recordó entonces haber hablado hacía no mucho tiempo con un extraño personaje, que aseguraba que nos encontrábamos coartados por ciertos procesos mentales y que la única manera de ser nosotros mismos era mediante la liberación del “yo” (o así recordaba que lo llamaba) ya sea por medio del psicoanálisis o bajo los efectos de alguna sustancia “liberadora”.

Gustav Bellow decidió entonces entregarse a las teorías de aquel excéntrico y cerró los ojos. Comenzó a tararear el réquiem de Mozart, pieza que se sabía de memoria desde la infancia. En su cabeza aparecían todas las notas de la orquesta filarmónica de Viena, así como las voces principales y coros, tal y como lo recordaba de la última vez que asistió al Teatro Real, la vigésimo-quinta.

Tras algunos movimientos y sin saberlo, agarró la pluma y comenzó a garabatear al ritmo de la música. Algo que se asemejaba a los movimientos del director con su batuta. Todo ello quedaba impreso en el papel con una delgada línea negra. Tras ello, las palabras brotaban del oscuro líquido, palabras inconexas, todas ellas ecos del libreto que su mente recordaba. No tardaron en aparecer las frases, muchas y de todo tipo. Declaraciones de amor, teorías matemáticas, listas de la compra, recordatorios de navidad. Todo lo que había escrito en su vida volvía en un oscuro fluir caótico. Una y otra vez dejaba las oraciones inacabadas para poder escribir otras que le llegaban a la punta de los dedos con mucha más fuerza.

Cuando terminó el último movimiento, se sintió muy cansado, exhausto, pero feliz. Al abrir los ojos su semblante palideció y su rostro cambió totalmente de expresión. El papel ahora estaba completamente negro. Había escrito primero de izquierda a derecha, de derecha a izquierda, de arriba abajo, en círculos, de cualquier manera posible.
Rápidamente guardó el papel en un cajón con llave, donde no lo pudiera ver nunca. No se atrevió a deshacerse de él, puesto que era todo lo que había escrito en la vida, pero ante esta visión sentía aún más pavor. Era un papel en negro.

sábado, 13 de enero de 2018

Paquito Sares

Paquito Sares se disponía a tomar el examen de historia y estaba muy nervioso. Su profesor, el laureado Don Ezequiel Quiroga, había estado hablándoles en los últimos días de la historia de países cercanos y de cómo se liberaron de la tiránica corona española. Don Ezequiel no sólo era un apasionado de la historia, sino que también era su campo de especialidad. Incluso había llegado a escribir algún libro sobre el tema, que siempre les recomendaba que compraran. Paquito confiaba plenamente en sus muchas horas de estudio y estaba preparado, pero tenía en su cabeza el "run-run" de la fama de estricto de don Ezequiel.

Cuando el profesor entró en la clase cesó completamente el murmullo y los dos o tres despistados que todavía no estaban en su pupitre corrieron a ocuparlo. Uno a uno fue entregando los exámenes a cada alumno. Según los iban cogiendo, sus caras se iban tornando paulatinamente hacia la incertidumbre, perplejidad y desesperación. Era como si un hielo envenenado se fuera transmitiendo del papel, por las manos de los chicos, hasta sus caras. Poco a poco, sus rostros se iban desfigurando, incluso alguno hubo que no pudo aguantarlo y dejó caer alguna lágrima sobre el examen.

Cuando Paquito recibió su examen se esperaba lo peor. Una de esas preguntas generales que le tendría escribiendo toda la hora para conseguir dos puntos. Y así otras cuatro veces más. Antes de coger el papel, sus ojos se cruzaron con los de don Ezequiel y en estos sólo se podía atisvar un rayo de severidad en su fría mirada.

Paquito comenzó a leerlo, llegó al final, dio la vuelta a la hoja y estaba en blanco. No se lo podía creer. Nuevamente volvió a realizar el proceso anterior y el resultado fue el mismo. En el examen había solamente una pregunta:
     1.- Complete el enunciado:
            - Simón Bolívar murió en _______________

Paquito entró en pánico. Sabía un montón de hechos y fechas en la historia de Simón Bolívar. ¿Quizá se refería al año en que murió, 1830? ¿O quizá debería escribir la fecha completa, para demostrar sus conocimientos? Ya se disponía a escribir "17 de diciembre de 1830" cuando una duda explotó en su cabeza. Quizá se esté refiriendo al lugar donde murió. Claro está, murió en la Gran Colombia.
-"Dicen que don Ezequiel es muy severo y estricto en sus exámentes"- pensó Paquito. "Escribiré las dos cosas, fecha y lugar".
Pero de nuevo, cuando iba a plasmar sus conocimientos en el papel, le asaltó la duda.
-"Tras tantos días hablándonos de la revolución que inició Simón Bolívar, no se va a quedar esta única pregunta de examen en decir una fecha y un lugar. Estoy seguro de que don Ezequiel quiere algo más, pero no sé qué"- pensó Paquito, mientras se frotaba con fuerza la cabeza.

Repasó en su mente una y  otra vez las posibles respuestas que escribiría en el examen y ninguna le satisfacía. Todos sus compañeros estaban ya en el patio jugando y Paquito no había conseguido dar con la respuesta adecuada. Ya solo le quedaban dos minutos para acabar el examen y debía escribir algo en el espacio en blanco. Dejó salir todo el aire de sus pulmones en un fuerte soplido y escribió su respuesta. "Simón Bolívar murio en la cama". De esta manera remarcaría el doloroso proceso que la tuberculosis siguó con el ilustre hombre y cómo, alguien que se había distinguido en combate y había dirigido tan brillantemente el proceso de unificación de la Gran Colombia, se veía postrado en sus últimos días sin posibilidad de brillar como lo había hecho antaño.

Durante la hora siguiente, don Ezequiel fue llamando uno a uno a los alumnos para decirles la nota del examen. Cuando Paquito escuchó su nombre, dio un respingo sobresaltado. Le temblaban las piernas mientras recorría la penosa distancia de cinco pupitres que le separaban de don Ezequiel. Este le extendió la mano y le dio su examen diciendo: -"Conmigo no valen las tretas ni las pillerías. Si no estudió, apechugue, pero no escriba fantasías inventadas para salir del paso."

Paquito recibió el examen como un mazazo en pleno rostro. Notaba como si la hoja pesara una tonelada y no fuera capaz de levantarla para ver su nota. Cuando pudo mirarla ya estaba en el pupitre y pudo afrontar, ya sentado, el cero que le habían puesto. Su puño se cerró fuertemente y sus labios se apretaron mientras una lágrima de impotencia lograba escapar y correr mejilla abajo.

Treinta años más tarde, don Ezequiel Quiroga, insigne director de la escuela, ordenaba el correo del día cuando advirtió un paquete a su nombre sin remitente. Lo abrió y al ver un libro de historia se le iluminó la cara. El título del libro era: "Los secretos de la Quinta de San Pedro de Alejandrino, última morada de Simón Bolívar". El autor era el decano de la facultad de historia don Francisco José Sares. El nombre no le sonaba de nada. Al abrir el libro vio una dedicatoria con la firma del autor.

"Don Ezequiel, si vuelve a ocurrirle otra vez, acéptelo. Me hubiera gustado haber sido médico".
                                                                                                              José Luis Sares.